Llegó la inteligencia artificial y está cambiando al mundo más delo que pensamos y aceptamos. Esta revolución cambió el orden mundial más allá de que las personas se vuelvan más mediocres pidiéndoles a las generadoras que les escriban correos, poesía, canciones; les dibujen paisajes; les cambien fotos; les creen imágenes falsas; les hagan presentaciones bonitas [e idénticas a las de otros usuarios]; les escriban canciones [esperemos que no lleguemos a pedirles que sientan por nosotros].
Inicialmente, había pensado que esta columna hablara sobre el enorme reto que tenemos los consumidores de ya no poseer nada, y de que esta tendencia de “ownerless” – que la gente de Trend Watching planteó hace más de 10 años– hace que estemos en un mundo donde la gente tiene acceso a todo, pero realmente no tiene nada: no tiene libros; no tiene discos, cassettes, fotos, videos, textos, memorias; aunque quizá tiene ropa, muebles y carros, porque ya ni casa quiere tener pues vive a mil sobre una moto y comunicándose por un celular en segundos, usando la IA para que le haga todo, sin hacer nada y sin poder sentir la vida.
Ahora, pasado el Foro de Davos, la tensión por Groenlandia, la abducción de Maduro, el levantamiento popular en Irán, el debilitamiento de Cuba e incluso la guerra entre la Reserva Federal (FED) y el mismo presidente de Estados Unidos, se puede comprender que los temas woke, el medio ambiente y los derechos humanos quedan en un segundo plano antela nueva realidad: el impacto de la inteligencia artificial en el mundo.
¿Cuál impacto? Simple: no es el tema de productividad, velocidad, mediocridad ni mucho menos la velocidad, porque estos son los usos. El problema es la generación de IA: energía, enfriamiento, minerales raros, cohetes, baterías, litio, oro, neodimio, petróleo, entre otros, que dejaron ver que el mundo multipolar en que vi-vimos pondrá a pelear a Estados Unidos, Europa, China y Rusia por el control de los insumos, la energía y la regulación para la inteligencia artificial. La pobreza, la desigualdad, la equidad de género, el impacto ambiental y la libertad de prensa quedaron en un segundo o tercer plano, en un mundo donde la carrera ya no es quién es más liberal, más correcto, más moral o más generoso, sino quién controla la cadena de suministros de las nuevas tecnologías, la generación eléctrica, las rutas comerciales y militares: “¡Que la gente se sienta libre usando la IA, mientras cambiamos las otras libertades, derechos y deberes!”, parece ser la consigna de 2026.
Esta situación será medianamente lejana para el consumidor y muy cercana e impactante para los productores, porque las personas demandarán cada vez más acceso al uso de IA generativa, creativa, predictiva en sus redes sociales, medios de pago e incluso en su nevera, pese a no tener dinero para pagar un pasaje de bus. Esto hará que las empresas deban involucrar más estas herramientas en sus productos y servicios, lo cual demandará cada vez más energía y más minerales, y causará un enorme impacto en el medio ambiente, en las tensiones mundiales y en los recursos de los gobiernos. El mundo cambió y no nos dimos cuenta de que la inteligencia artificial nos hará más rápidos hoy y mu-cho más vulnerables mañana. ¡La calma ha muerto. Bienvenida la tensión.
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